Cada día, si miras por la ventana podrás notar la perfecta sincronía del amanecer, los árboles, las aves, el firmamento, con el entorno. Cada detalle de la naturaleza lleva un sello innegable que dice hecho por Dios y cada uno está diseñado de tal manera que cumple con su funcionalidad perfecta.

Es decir, toda la naturaleza se ve perfecta y hace su función específica porque tiene la marca de Dios impregnada, se sostiene en sus manos.

 

Algo similar pasa con nosotros. Mientras más cerca estemos de Dios, mayor facilidad tendremos de ser y hacer para lo que fuimos creados. Al caminar en intimidad con Dios, nos veremos cómo Él nos hizo y nos ve; llenos de dones y talentos potenciados para bendición. ¿Por qué? Porque estamos con la fuente de lo que somos y reflejamos su esencia.

 

Entonces, si queremos tener una identidad saludable que nos lleve a relacionarnos con Dios y con el prójimo satisfactoriamente; y encontremos gozo en todo lo que hacemos, nuestro corazón debe volverse en intimidad con el Creador.

 

Si no tenemos una relación íntima con Dios, no importa qué hagamos, no importa qué tan duro trabajemos o cuánta energía invirtamos, seguiremos perteneciendo a una filosofía de vida humana, vacía.

 

La decisión es nuestra. Mientras más cerca estemos de Dios más nos pareceremos a él, sabremos sin duda cuál es nuestro sentido de vida y dejaremos un legado de bendición.

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