Ese día decidí que me iba a quitar la vida. Como la buena reina del drama que soy, se lo conté a una amiga, tomé un bus y me dirigí a mi casa, que estaba sola, para llevar a cabo lo que me había propuesto. No era la primera vez, ya lo había intentado antes, pero ahora sí tenía que lograrlo. No podía más con el dolor que implicaba estar viva, respirar, abrir los ojos cada mañana.

Mi amiga fue más astuta que yo y tomó un taxi. Cuando llegué a mi casa, ella estaba ya ahí, esperándome. Tuvimos una conversación muy emocional y sus palabras se quedaron marcadas en mi mente como con fuego: “Dios te ama, te ama muchísimo. ¿Tú no lo puedes sentir? ¡Yo sí! Te ama tanto que hasta casi siento envidia”. Ella se fue y me quedé ahí, sentada en mi cama. Yo había crecido en la iglesia y había oído la frase “Dios te ama” tantas veces que me sonaba trillada. Realmente no me sentía amada por nadie, especialmente por Dios.

Toda mi vida había buscado amor y aceptación, sin tener mucho éxito. Siempre he sido tímida y un poco rara. Mi vida familiar fue un remolino; el abandono de mi padre tejió en mi corazón la mentira de que nadie jamás podría amarme. Esa mentira metió sus garras hasta lo más profundo de mi ser con los intentos fallidos de buscar amor en un muchacho. Como dice mi película favorita: “Un corazón puede estar roto y seguir latiendo de todas maneras”. Esa era yo: mi corazón estaba roto y mi mente navegaba por las aguas negras de la depresión.

Después de buscar amor en todos los lugares equivocados, vino el “consejo estrella” de nuestra cultura: “El amor que buscas es el que solo tú puedes darte a ti misma”. Tenía sentido. Por supuesto que tenía sentido. Si yo quería quitarme la vida, lógicamente el problema era que no me amaba a mí misma. “La respuesta está en ti. Tú puedes alcanzar lo que te propongas”. ¡No se diga más! Así me inicié en el camino cuesta arriba del amor propio y la superación personal. Cuando yo miro fotografías de esa época, me asombro al ver lo linda que me veía: esbelta, mi cabello hermoso, siempre bien vestida y arreglada… y feliz. Por un tiempo, parecía que las nubes se habían ido y el sol brillaba. Todo en la vida funcionaba bien y la alegría me salía por los poros.

Pero una persona puede mirarse al espejo y lanzarse besos solo por un rato. En poco tiempo empecé a sentir la presión: estar delgada, ser popular, tener éxito, no sentirme miserable aunque todo iba bien en la vida. Sobre todo eso. Hace poco encontré el meme perfecto para describir ese proceso:

— Psicólogo: La única persona que puede darte tranquilidad en estos momentos…

— Yo: (Que no sea yo, por favor).

— Psicólogo: Eres tú.

— Yo: Chale.

Me sentí totalmente identificada. Me di cuenta de que mientras más me entregaba a mi amor propio, más tenía que seguir dando. Literalmente era como una droga que me calmaba por un rato, pero luego necesitaba dosis más y más altas para permanecer en el éxtasis. Descubrí que no existe mejor fórmula para la miseria que tener la mirada fija en mí misma.

Hundida otra vez en la desesperación (pero con la presión indescriptible de mostrar al mundo una buena imagen), encontré en un escaparate un libro llamado “Cuando no deseo a Dios, la batalla por el gozo” (de John Piper). Ese título describía exactamente el torbellino que había detrás de mi fachada de éxito y perfección. Lo compré. ¡Y lo odié! Lo que yo quería leer ahí eran palabras lindas que me apapacharan el alma, unos versículos que hablaran del amor de Dios, que me dijeran que todo iba a salir

bien. La tesis de John Piper era que la solución a la batalla por el gozo era el evangelio. ¡El evangelio! EL EVANGELIO. Sentí que fueron los $12 peor desperdiciados de mi vida.

Regresemos a ese día en que había decidido quitarme la vida. Mi amiga interrumpió mis planes y sus palabras hacían eco en las cuatro paredes de mi habitación. “Dios te ama”. Entonces alcé la mirada y entre sollozos grité al aire: “¡Dios! Durante muchos años he leído en la Biblia y la gente me ha dicho que me amas, pero yo no lo siento. Ahora la Sole me dice que tú me amas. ¡Señor, si en verdad me amas, quiero sentirlo, como cuando uno come chocolate y siente en su lengua ese sabor dulce que se derrite!” De algún modo sentí paz y (obviamente) no cumplí con mi cometido de suicidarme.

Unos días después vino la respuesta del Señor. Tenía que ir a un retiro del instituto donde estudiaba y el tema era sobre cómo la imagen de Dios en nosotros ha sido manchada y rota por el pecado, por el pecado que nosotros cometimos y el que fue cometido contra nosotros. El orador nos explicó cómo Jesús murió en la cruz para lavar ese pecado que nos dejó rotos y manchados. En ese momento, el Señor abrió los ojos de mi entendimiento para comprender Su gran amor al enviar a Su Hijo para sacrificarse por pecadores que no lo estaban buscando. Comprendí por primera vez cómo Dios tomó la iniciativa para que yo pudiera pasar de muerte a vida. De muerte a vida… qué lindo sonaba eso. Yo en verdad me sentía muerta por dentro, ¡y quería esa vida!

Vi mis pecados y dolores escritos en un papelito y clavados en una cruz de madera, mientras meditaba en mis fracasos por salir del fango y el éxito de Cristo al resucitar y vencer a la muerte. ¡Qué gran amor! ¡Cuán grande es el amor de Dios! ¡Ese era el amor que había buscado toda mi vida! Lo podía sentir, como el chocolate.

Pero no, no fue el sentimiento la respuesta. Esa emoción en el “paladar espiritual” no duró para siempre. Esta ya no era una “droga” más. ¡Era la respuesta!

Quiero tener cuidado aquí porque la depresión siempre es un síntoma externo de un problema interno. A veces tendrá que ver con hormonas u otros problemas físicos. Otras veces tendrá que ver con problemas del alma. Sin embargo, lo que deseo subrayar aquí es que no hay nada que pueda darnos una solución real y duradera fuera de Cristo. Como dice Nancy DeMoss Wolghemuth: “No hay amigo, no hay pareja, no hay circunstancia, no hay medicamento, no hay consejero en esta tierra que pueda ser para ti y hacer por ti lo que Dios quiere hacer”.

Como lo expliqué en un artículo anterior, la depresión ha sido mi lucha y sigue siéndolo. La diferencia es que ahora tengo la llave de la puerta que me saca hacia la libertad: ¡EL EVANGELIO! Por esta razón, tengo dos versículos que son pilares fundamentales en mi vida. El primero está en Juan 8:32: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. ¿Pero cuál es esa verdad que nos hace libres? Jesús lo afirmó muy claramente en Juan 17:17: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad”. Esa libertad que buscamos está en la Palabra de Dios y el evangelio que describen sus páginas desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

El amor que buscamos se describe en estas palabras:

· “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

· “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros” (1 Juan 3:16a).

¿Qué más se puede decir? Resulta que John Piper había tenido razón, ja, ja, ja. “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!” (1 Juan 3:1).

 

ESCRITO POR: María del Carmen Atiaga