A nadie le gusta estar en desacuerdo con su esposo. Te da una sensación desagradable de nudos en el estómago, contracción de la garganta y quizás aún, lágrimas en los ojos. ¿Es una señal de problemas matrimoniales meterse en peleas con tu marido?

 

Pocas personas se llevan bien 100% del tiempo. Discutir con tu pareja no quiere decir que tu compromiso va a fracasar, solo significa que ustedes son seres humanos normales. Las diferencias entre las personas añaden sabor a la vida, pero también pueden causar riñas.

 

Hay maneras limpias y maneras sucias en las cuales uno puede pelear, y queremos esforzarnos para pelear justo para la protección de nuestros matrimonios.

 

Primero, hay que reconocer que cada pareja tiene cuestiones en las cuales difieren de opinión. A veces podemos resolver nuestras diferencias, pero hay tiempos cuando nos toca ceder. Aunque nos cuesta hacerlo, pregúntate, ¿Mi posición en este asunto vale un conflicto en este momento?”  Por ejemplo, el otro día, pedí que mi esposo comprara pan en camino a casa y él lo hizo, pero compró una marca más cara de la que normalmente compro yo. Me enojé por dentro, pensando en los ahorros perdidos. Pero decidí ceder en el momento, sencillamente agradeciéndolo por su ayuda. Efesios 4:3 que dice, “Hagan todo lo posible para mantenerse unidos en el Espíritu y enlazados mediante la paz.” Al afirmar su acto de servicio en el momento, mantuve la paz con mi esposo. Pero también quería mantenerme unida con en el futuro, y es por eso que, al otro día, le mencioné que mi preferencia es ahorrar un poco al comprar la otra marca de pan. Quizás él recordará hacerlo en el futuro o quizás no, pero por lo menos expresé mi opinión, y lo hice de manera respetuosa, apreciándole por lo que hizo para mí.

 

Segundo, toma en cuenta la Regla de Oro de Mateo 7:12, “Traten a los demás como ustedes quieren ser tratados.”  Eso significa que no insultamos, no reciclamos incidentes del pasado, no nos burlamos, ni atacamos a la identidad de nuestro marido. Discutimos sobre las acciones que sucedieron, sin criticar a la persona. Por ejemplo, podrías decir, “Eres tan irresponsable con nuestro dinero cuando compras esas marcas caras,” pero esperarías una respuesta mucho mejor al decir, “Sé que quieres servir a nuestra familia y lo aprecio. Me podrías ayudar en la mayordomía de nuestros recursos comprando esta marca económica, ¿por favor?”

 

Finalmente, debemos recordar que nuestro esposo no es el enemigo. Ya tenemos un enemigo de nuestras almas – Satanás – y él quiere destruir nuestro matrimonio. Debo ver a mi marido como mi aliado en la pelea contra la división matrimonial. Cuando veo mi esposo con ojos de compasión y amistad, puedo tratarle con más ternura, interceder por él con más fervor, y buscar conexión con él aún en medio de conflictos. Después de todo, mi esposo también es hijo de Dios y compartimos una alianza bendita por Dios para el beneficio del mundo.

 

Beth Saavedra

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