Recuerdo la llamada de: «ya nació»! ¡No podía creer que ya era tía!

Me saltaba el corazón del pecho de la emoción y la preocupación porque sabía que eras prematura y tenía miedo que tu cuerpito no estuviese listo, pero sí que lo estuviste.

¡Eras pequeñita! Entrabas en mi mano izquierda y tus piecitos llegaban por debajo de mi muñeca.

¡La sensación más extraña del mundo! Amar a alguien que acaba de conocer…

Fuiste la más dulce, inquieta y tierna bebé del mundo, ¡con tus manitas en miniatura y tus piernas gorditas! Luego el kínder donde cantabas las canciones que yo te enseñé, la escuela, ¡tus presentaciones de baile! ¡Ese cuerpito danzando como lombriz!

Mi maquillaje roto, mis perfumes regados, unos piecitos gorditos a media noche en mi cara y unos deditos aplaudiendo y señalando cuando me veías.

Y te hemos visto crecer, convertirte en una señorita buena, justa, influyente en su entorno. Cuentas los mejores chistes y le sacas una sonrisa al más duro corazón. Eres bella, increíblemente buena, defiendes a los tuyos y no pierdes la oportunidad de marcar los corazones. ¡Te amo, me siento orgullosa de ti! Y cuando te miro, aún veo a la pequeña prematura bebé que cabía en mi mano.

Te bendigo, eres una mujercita maravillosa, que Dios te siga cuidando, bendiciendo y guardando tu vida y tu corazón. Por favor… Sigue sonriéndole al mundo… Sigue dándole vida.

Te amo.

Tu tía.

 

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