Cuando inesperadamente Elizabeth se sintió mal, hubo un momento de pánico en la familia, el pequeño John no entendía lo que estaba sucediendo, pues apenas tenía 6 años, su padre el Señor John, cada día terminaba lo más pronto posible su jornada de trabajo y se dedicaba a cuidar a su esposa, las cosas no iban tan bien y después de unos días sucedió lo inevitable, Elizabeth acababa de morir.

Con los ojos llenos de lágrimas el pequeño John se despedía de su madre, pasaron los años y John siguió a su padre y se convirtió en un hábil marinero y comerciante de esclavos, era conocido por su crueldad con sus víctimas. A veces cuando se alzaba a la mar, John tenía un vago recuerdo de su madre, de las oraciones que todos los días realizaba, pidiendo que él sea un hombre de bien y un ministro de Dios, pero nada más eran recuerdos, recuerdos que cada año se iban desvaneciendo de su memoria.

Pasado algún tiempo nada podía andar peor, su vida estaba llena de descontrol y excesos, llego al punto que, por su crueldad hasta su misma tripulación lo odiaba, tanto así, que un día John estaba tan borracho que cayo de la borda, sus hombres no hicieron mucho por rescatarlo, simplemente lanzaron un arpón que se clavo en su cadera y tiraron, aquel accidente lo dejaría cojeando de por vida.

El sabía que había tocado fondo, un día, mientras estaba de regreso de uno de sus viajes, experimentó un suceso que cambiaría su vida, una violenta tormenta se desataba, entre los golpes de mar y los pedazos de la vela cayendo, John con mucho miedo miraba como su barco se destrozaba, en ese momento, exclamó: “Señor ten misericordia de nosotros”.

La tormenta se calmó y el sabía que Dios se había hecho presente en ese barco, desde ese instante el dedicó su vida al servicio de Dios y de su comunidad, pasado algunos años John Newton escribiría uno de los himnos más hermosos de todos los tiempos:

Sublime gracia del Señor
Que a mi, pecador salvó
Fui ciego mas hoy veo yo
Perdido y El me halló

La oración de su madre fue contestada casi 30 años después.

A través de los años he podido presenciar las respuestas a muchas oraciones de mi madre, a veces, lo confieso he sido un tanto incrédulo respecto a los milagros, pero ella con su fe me ha demostrado lo contrario. Cuando faltaba el dinero en nuestro hogar mi madre siempre decía: “Dios proveerá” y bastaba una oración para ver con mis propios ojos la mano de Dios obrar. La persistencia y la fe ha sido un determinante en su vida, ella es una mujer de oración. Cuando paso en la tarde por la habitación de mi madre, escucho pedir por su casa, y me siento feliz porque al final del día se que tengo a alguien que ora por mi.

Hoy quiero honrar la vida de todas las madres que piden por su familia, gracias por sus oraciones, estoy muy seguro que Dios las escucha.

Autor David Paredes

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