La madurez espiritual requiere compromiso

Inspirados por una gran experiencia, no es raro que nuestros hijos se entusiasmen con iniciar nuevas cosas. Después de asistir a un partido de fútbol, quieren jugar fútbol; ​​después de un concierto musical, quieren tocar la guitarra. Por tanto, les compramos nuevos zapatos de fútbol o un nuevo instrumento, y usualmente después de una semana, el entusiasmo se desvanece; después de dos semanas les estamos recordando su compromiso y después de tres semanas los zapatos e instrumentos recién adquiridos están olvidados en una esquina, recogiendo polvo.

Todos admiramos a aquellos que tienen grandes habilidades, que demuestran una capacidad y pasión por su arte, y que hacen que se vea muy fácil jugar o tocar un instrumento. Sin embargo, esa habilidad vino con un gran esfuerzo. No solo soñaron con sobresalir en sus habilidades, sino que se comprometieron a perseguir su pasión, por lo que eso se convirtió en la máxima prioridad en su vida.

El madurar espiritualmente funciona de la misma manera. La buena noticia es que no estamos solos en nuestro deseo por tener estas habilidades. ¡Dios también lo desea para nosotros! Sin embargo, luchamos porque la madurez no se da sola; tiene que ser aprendida.

La Segunda Carta de Pedro, capítulo 1, nos instruye a ser hábiles en la fe y en nuestro conocimiento de Dios. Nos recuerda las grandes cosas que Dios nos ha dado: “Todo lo que es necesario para la vida y la santidad”. Pero, al igual que para aprender a jugar fútbol o tocar un instrumento se requiere de compromiso y pasión.  El ser competente para manejar con precisión la Palabra de Dios, dar consejo sabio, discernir la verdad del error y amar incondicionalmente son habilidades que Dios nos enseña mientras caminamos con Él.  El Espíritu Santo usa toda la vida, en su belleza y fealdad, para producir en nosotros un carácter piadoso.

Bien has obrado con tu siervo, oh SEÑOR, conforme a tu palabra.
Enséñame buen juicio y conocimiento, pues creo en tus mandamientos.
Antes que fuera afligido, yo me descarrié, mas ahora guardo tu palabra. Bueno eres tú, y bienhechor; enséñame tus estatutos.

Salmo 119: 65-68

Autor: Pastor Graham Bulmer

MDC/ag

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Por | 2017-05-31T09:59:03+00:00 21 Mayo, 2017|Vida Cristiana|

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