Conozco muchos padres que sobreprotegen a sus hijos porque quieren evitarles tropiezos, errores. Su intención es buena, pero ese exceso de cuidado impide a sus hijos tomar decisiones propias, los convierte en personas dependientes de otros. También están las esposas que no permiten que su esposo haga cierta actividad porque «no hacen como yo». Piensan que es mejor ejecutar bien la tarea que brindar el espacio a otro para que aprenda.

Muchos dictadores y asesinos tuvieron buenas intenciones, pensaban que con sus decisiones estaban haciendo algo bueno y no era así. Que pienses que es lo mejor no significa que lo sea.

Impedir que un niño corra le evita golpes, pero también le evita la lección de correr con precaución. Prohibir a una chica que salga con alguien le evita que su corazón sea lastimado y a la vez le impide aprender a tomar decisiones, a poner límites. Manejar el horario de tu esposo y sus actividades puede ser algo que en tu mente sea buena idea, pero quizá le quita la libertad para elegir con qué involucrarse y con qué no.

Que tus intenciones sean buenas no signifique que tus acciones lo sean.

El papá que evita a su hijo salir a trabajar porque en casa «no le falta nada» le hace más daño que bien. Su intención es que su hijo no se enfrente al mundo laboral a sufrir un horario y tareas que no le gustan, pero eso también le impide crecer como persona, como profesional; le impide administrar un sueldo, aprender a trabajar en equipo.

¿Cuál es el desafío? Reconocer que nuestras buenas intenciones no son suficientes. Es necesario abrir el espacio para el crecimiento, para cometer errores, para caer y levantarse. Trae más lecciones un fracaso que una victoria.

 

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