Jueces 13:12-14 “Entonces Manoa dijo: cuando tus palabras se cumplan, ¿Cómo debe ser la manera de vivir del niño, y qué debemos hacer con él? Y el Ángel de Jehová respondió a Manoa: La mujer se guardará de todas las cosas que yo le dije. No tomará nada que proceda de la vid; no beberá vino ni sidra, y no comerá cosa inmunda; guardará todo lo que le mandé.”

Hace siglos, en el pueblo de Israel vivía este matrimonio, ellos trabajaban en el campo. Se amaban pero había un clamor en su corazón: “tener hijos”. Para el pueblo judío tener hijos era símbolo del favor de Dios, de la bendición de Dios, de la prosperidad de Dios.

El judío veía en su descendencia su trascendencia, ser padres era una razón gloriosa por la cual casarse, fundar un hogar, “cosa de estima el fruto del vientre”.
Nuestra mayor riqueza no debería estar en cosas, pertenencias, logros o títulos, todo esto es pasajero, nuestra mayor riqueza se mide en eternidad. Jesús murió por ti y por mí. Nuestros hijos, antes de ser nuestros hijos, son hijos de Dios, son la prosperidad de Dios puesta en nuestras manos, ¿Qué harás con ellos?

Regresemos a la historia citada en Jueces 13. Este matrimonio judío era estéril, no habían podido tener hijos y un día de repente, vino un ángel a la mujer de Manoa y le anunció: por fin el tiempo ha llegado. Tendrán un hijo, un Nazareo. La mujer de Manoa salió corriendo para hablar con él y darle esta gran noticia. Manoa, un hombre tan respetuoso que le creyó y le pidió, si vuelve a venir el varón de Dios, llámame. El ángel de Dios volvió a la mujer, ella corrió y regresó con su esposo. La pregunta fue: ¿Qué haremos con el niño que nazca? El ángel les instruyó como educarlo y que la influencia de los padres es tan fuerte, que aun lo que la mujer comiera, afectaría al niño. El niño sería consagrado a Dios y así se debía educar.

Por un momento cierra tus ojos, mira el rostro de cada uno de tus hijos, deléitate en reconocer su sonrisa, su tierna mirada, y pídele a Dios: Señor, muéstrame tu propósito para cada uno de ellos.

Todo ser humano es planeado, diseñado y creado por Dios para adorarle, tener una relación personal con Él y cumplir un llamado de vida; y los padres somos los instrumentos de Dios para desarrollar sus talentos, carácter, incluso trabajar en sus debilidades y entrenarlos en la obediencia a Dios.

Mira que tan profunda es la influencia de los padres, que aun lo que la esposa de Manoa, la madre de Sansón comiera ya afectaba al niño. Y tú como mamá ¿Qué estás comiendo? ¿De qué alimentas tu corazón? ¿Tu alma? ¿Tu vida? Porque de lo que te alimentas espiritual, emocional y aun físicamente, afectará a tus hijos, pregúntate por un momento, ¿Te gustaría que tus hijos vivan un cristianismo como el que tú estás viviendo ahora? Y de no ser así ¿Qué cambios debes hacer?

La mayor influencia que tienen los niños son sus padres y tú decides qué tipo de influencia serás. Siempre que Dios daba promesas a su pueblo incluía a su descendencia. Dios tiene un plan perfecto en cada generación.

Tomado del libro: “EL REGALO DE SER MADRE” de Martha Claudia Mosquera

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