Desde pequeño escuché esa frase que nos aterrorizaba “esa música es del diablo”. Empecé a tener temor de algunos artistas y canciones, creyendo que lo que me decían era cierto.

Con los años entendí que la música fue creada por Dios. No es que Dios y el diablo se repartieron los ritmos musicales. El diablo no puede crear nada más que confusión y señalamientos, por lo tanto, algo tan hermoso como la música no podía ser creado por él.

Identifiqué algunas cosas, una de ellas fue que hay canciones que se suponen que son cristianas pero no lo son porque hablan más de nuestros méritos y logros en lugar de hablar de Dios y sus cualidades. Descubrí que mucha música que decían que era del diablo realmente no lo era, lo que pasaba es que nos radicalizamos al creer que toda canción debía decir Dios y si no lo hacía, debía ser desechada.

Otra situación eran los ritmos. El rap, rock estaban señalados como ritmos del diablo. Quizá no sabemos la complejidad de la improvisación, de un riff de guitarra y nos apresuramos a juzgar por gustos personales.

La verdad es que la música la creó Dios, la que nos gusta y la que no nos gusta.

Ahora, la música es una herramienta poderosa y como toda herramienta puede ser usada para el bien o para el mal. Puede ayudarnos o sepultarnos, animarnos o bajonearnos. No es que el diablo creó la música mala y Dios la música buena, es el ser humano el que expresa su bondad o maldad en todo lo que hace: en su trabajo, en sus palabras, en sus actitudes, en sus canciones.

El diablo no tiene el poder de crear, no nos olvidemos de eso. El enemigo distorsiona lo creado, eso sí, pero está en nosotros la elección: qué escucharé y qué no escucharé. La música que escuchas es tu decisión.

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