En la soltería, Jesús es el Tesoro, no el premio de consuelo

El corazón me latía a mil por hora.  Tenía pocas semanas de haberme iniciado en el running y esta era mi primera carrera, y lo mejor era que podía correrla con mi perrita, Sisa.  El premio para el primer lugar era comida para perro durante todo un año y otras cosas más.  Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡arranquen!  Sisa y yo salimos disparadas entre una montonera de gente y perros, dispuestas a ganar ese premio.  Creo que llegamos en el lugar 40 de nuestra categoría y no tuvimos la comida por todo un año.  Pero sí recibimos una mochilita que tenía productos, un plato para el perro y unas bolsitas para recoger las suciedades de mi mascota.  Fui feliz participando y me gustó el premio de consuelo que recibí, pero sentí tristeza (y envidia) al ver que no fui yo la que llegó primera.

Así me he sentido en la vida, al ver cómo mis amigas se casan y forman sus familias, mientras que yo sigo soltera.  Ha sido difícil estar de pie en las bodas, al frente, con un lindo vestido y unas flores, “siempre como dama, nunca como novia”.  Si leíste el artículo que escribí hace unas semanas, ya sabes que estuve a punto de casarme, pero mi compromiso se rompió tres semanas antes de la boda.  Para ser sincera, nunca me imaginé pasar de los 30 y seguir siendo soltera.  Pensaba que era algo que Dios me daría sí o sí.  En mi mente no contemplé el panorama de la soltería, y la experiencia de seguir siendo soltera me llevó a una crisis de fe.  Creía que Dios estaba dormido, o era sordo, o que simplemente no le importaba.

Pero, como dice en 2 Timoteo 2:13, “si somos infieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo”.  En medio de mi crisis, Su voz empezó a resonar con fuerza.  Yo quería que Él me dijera: “Tranquila, hija, tu esposo llegará”, pero no.  Por la izquierda, por la derecha, por delante, por detrás, por arriba y por abajo, Dios me decía: “Yo soy suficiente”.  Luché tanto con esas palabras, ¡porque yo quería mi esposo!  “No, Señor, no eres suficiente.  Perdóname, pero no eres suficiente”.  Entonces cayeron sobre mí Sus Palabras como lluvia, hasta que terminé totalmente empapada.

En Jeremías 2:13, Dios se dirige a Su pueblo y les dice: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”.  Este pasaje sacudió todos mis cimientos.  Yo estaba en busca de esas aguas vivas (de la felicidad), pero creía que las podía encontrar en los brazos de un esposo.  Analicé mi vida cristiana y me di cuenta de que yo no estaba en la iglesia por Dios, sino más bien para que Dios me ayude a conseguir mis sueños y anhelos.  Sí, yo iba detrás de las cisternas rotas y abandoné a la fuente de aguas vivas.  Dios era un medio, no un fin.  Entonces, ¿cuál era mi dios?  No era el Dios Vivo, no.  Mi dios era el matrimonio, mi felicidad o yo misma.

La imagen de las aguas me llevó al conocido pasaje de la mujer en el pozo en Juan 4.  Ella era una mujer que había tenido cinco maridos y después estaba viviendo con un hombre que no era su marido.  Vi reflejado en ella mi deseo de ser amada por un varón y mi cadena de rechazos.  Pero ¿qué le dijo Jesús?  Sentado junto al pozo, el Señor le dijo: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna”.  El diálogo finaliza cuando Jesús le responde a su pregunta sobre el Mesías: “Yo soy, el que habla contigo”.  No, no son cinco maridos los que dan significado y valor a la vida, es ÉL, solo Él.

Mi corazón terminó de ablandarse cuando en un estudio bíblico hablamos sobre Mateo 13:44-46: “El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo.  El reino de los cielos también es semejante a un mercader que busca perlas finas, y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró”.  Leí el pasaje dos, tres, cinco, seis veces.  Jesús es ese Tesoro por el que vale la pena perderlo todo.  Si me quedo sin nada, pero tengo a Jesús, vale toda la pena.  Pero me di cuenta de que esa no era la realidad en mi corazón.  Ese día, oré: “Señor Dios, hoy quiero reconocer que no eres mi Tesoro, que no estoy dispuesta a perderlo todo para quedarme contigo.  Pero sí quiero que seas mi Tesoro, ¡cambia mi corazón!  ¡Renueva mi mente!  Por favor, haz que yo Te vea como el Tesoro que eres”.

No sé qué es lo que Dios tendrá para mí o para ti en el futuro, solo sé que, casados o solteros, Jesús es suficiente.  Antes de terminar, quiero que sepas que yo te entiendo.  Sé que es difícil sentir que Jesús es suficiente.  Hoy te desafío a que le pidas al Señor que te haga ver la grandeza de la muerte de Cristo en la cruz, de la salvación que Él te ha dado, sin merecerlo.  Te animo a que mires a tu alrededor y veas que todo es gracia.  Hoy oro por ti, que lees estas palabras, y le pido al Señor que Él te muestre que de verdad es suficiente y que es un Tesoro, no un premio de consuelo.  Ora también por mí, porque es algo que cada día tengo que recordar y es una verdad a la que cada día me tengo que aferrar.  Recuerda que el matrimonio no es eterno (Mateo 22:30), pero la Palabra del Señor, el Verbo, el Logos de Dios, Jesús, permanece para siempre (1 Pedro 1:24-25).

 

María del Carmen Atiaga

Teóloga, traductora en intérprete

maria_atiaga@yahoo.es

MDC/ag

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Por | 2017-06-30T12:22:21+00:00 27 abril, 2017|Vida Diaria|

Pecadora redimida, hija de Dios, apasionada por Jesús y Su Palabra. Teóloga, comunicadora, traductora e intérprete. Viajera empedernida, lectora voraz, amante de los perros. Adicta a los juegos de mesa y la buena comida.