Cuando los sueños se derrumban

Aprendamos a vivir a la luz de la eternidad

 Todo estaba listo.  El vestido blanco, el pastel con flores, las invitaciones, la iglesia apartada para el 18 de noviembre.  ¡Faltaban tres semanas para la boda!  Tres semanas para cumplir mi mayor sueño… Él era mi compañero en el Seminario, futuro pastor, inteligente, piadoso, con todas las cualidades de mi lista.  No podía estar más feliz, contaba los días para empezar mi vida y ministerio con él, pero, de repente, todo se derrumbó cuando él rompió el compromiso.  De un momento para otro, todos mis sueños se deshicieron como un castillo de naipes.  En el piso, con el corazón hecho pedazos, levanté los ojos al cielo y exclamé: “¡Dios, ¿no se supone que tú debías darme el anhelo de mi corazón?  ¡Yo oré por esto y sentí tu aprobación!  ¡Me abriste todas las puertas!  ¿Por qué me quitas ahora mi sueño?  Si así eres Tú, yo no quiero servir a un Dios así”.

Francis Thompson dice que Dios es el “Sabueso del Cielo”, que sale en nuestra búsqueda cuando estamos perdidos y no descansa hasta que nos encuentra y nos trae de regreso.  Estoy agradecida porque el Sabueso del Cielo no me dejó quedarme en mi rebeldía por mucho tiempo.  Él me trajo de vuelta.  “Señor, me han dicho que no pregunte por qué, sino para qué.  Entonces, ¿para qué, Señor?”  En mi corazón sentía el suave murmullo del Espíritu Santo que me decía: “Hijita, no preguntes.  Solo confía”.  Y decidí confiar.

Sabía que Dios tenía algo mejor para mí, pero no me imaginaba cuáles eran Sus planes.  Efesios 3:20 dice que Él es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos y, en mi mente, eso significaba que pronto vendría un varón más guapo que José, más fuerte que Sansón, más inteligente que Pablo y dispuesto a compartir el ministerio conmigo como Pedro.  ¡Ese era mi sueño!  Pero no llegaba, no llegaba y no llegó.  De hecho, cometí errores terribles (que Dios usó para Su gloria) por creer que tal o cual susodicho sería el príncipe elegido.

Empecé a luchar con Dios nuevamente.  “Padre, supongo que, si no me quitas este deseo, es porque me vas a permitir cumplir mi sueño.  Tú no me dejarías tener este anhelo si Tu voluntad no es darme un esposo, ¿no es así?”  Dios contestó mi pregunta cuando me encontré con unas palabras de Elisabeth Elliot que rompieron mi corazón (pero de una buena manera).  Ella decía que lo más probable era que Dios no quitaría el anhelo de casarse, y puso como referencia Deuteronomio 8:2-3: “Y te acordarás de todo el camino por donde el Señor tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no Sus mandamientos.  Él te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que tú no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor”.  Luego mencionaba cómo, al perder a dos esposos, descubrió que Dios quería que ella le glorificara como mujer soltera.[1]

Dios me hizo entender que, sí, Él tenía lo mejor para mí, pero lo mejor era ÉL MISMO.  Pablo dice en Filipenses 38-9a: “Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en Él…”  Los seres humanos tenemos una visión muy limitada y un corazón que se inclina hacia el hedonismo.  El hedonismo es una teoría que establece el placer como fin y fundamento de la vida, pero ahí nos quedamos, en esta vida.  Sin embargo, el escritor y consejero Paul David Tripp dice que, si deseamos caminar en la dirección correcta, debemos saber cuál es nuestro destino final.  Los detalles de la vida tienen sentido cuando los vemos a la luz de la eternidad, y la eternidad nos enseña lo que es realmente importante en la vida.[2]  ¡Esta vida no es nuestro destino final!  Ahora está de moda decirnos entre cristianos que “lo mejor está por venir”.  Y eso es cierto, si pensamos en la esperanza de vida eterna que tenemos en Cristo.  Como dice John MacArthur, esta es nuestra mejor vida, solo si vamos al infierno.[3]

Entonces, ¿Dios es una deidad malvada que nunca me dará lo que mi corazón anhela?  Como diría el apóstol Pablo, ¡de ninguna manera!  Mencioné arriba el hedonismo y, para ello, el predicador John Piper propone un “hedonismo cristiano” y dice que Dios es más glorificado en nosotros mientras más satisfechos estamos en Él.  Sí, él nos propone que encontremos placer en Dios.  ¿Acaso no es lo que dice el Salmo 34:8?  “Prueben y vean que el Señor es bueno.  ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia!”  Este es mi versículo favorito y, de hecho, el término “prueben” se refiere al sentido del gusto, del paladar.  El Salmo 37:4 dice: “Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón”.  El enfoque del versículo no está en las peticiones de nuestro corazón, sino en deleitarnos en Él.  Mientras nos deleitamos en el Señor, Él va cambiando nuestros sueños y anhelos para alinearlos con Su voluntad para nuestras vidas, ¡y Él se glorifica al hacer realidad nuestros sueños, los sueños que Él pone en nuestro corazón!

Todas las referencias bíblicas son tomadas de la Biblia de las Américas.

Nombre: María del Carmen Atiaga

Correo: maria_atiaga@yahoo.es

 [1] Elisabeth Elliot en Vida en Familia Hoy, programa “En busca del amor”.

[2] Paul David Tripp y Timothy S. Lane, How People Change (New Growth Press, Greensboro, 2008): 37-38.

[3] John MacArthur, “Your Best Life: Now or Later?”, Grace To You Resources.

MDC/ag

Comentarios
Por | 2017-07-03T05:55:34+00:00 31 marzo, 2017|Vida Cristiana|
Pecadora redimida, hija de Dios, apasionada por Jesús y Su Palabra. Teóloga, comunicadora, traductora e intérprete. Viajera empedernida, lectora voraz, amante de los perros. Adicta a los juegos de mesa y la buena comida.