¡Cómo me cuesta pedir perdón!

Debo reconocer algo: me gusta tener la razón.

Desde el cavernícola que viviá en las cuevas y quería tener la razón sobre otras tribus, hasta el oficinista que debe defender su propuesta frente a sus directores, siempre hemos querido tener la razón. No nos gusta equivocarnos y para esto, preparamos argumentos, explicaciones, estrategias, tácticas e ideas. Querer ganar siempre a cualquier precio, de por sí, es un problema, pero también es un gran problema cuando nada de eso sirve y nos equivocamos.

¡Cómo me cuesta pedir perdón!

Si no funcionaron las ideas y estrategias, enseguida recurro a otras ideas y más técnicas que me permitan ganar, pero la verdad es que eso podría funcionar en el fútbol, pero no cuando es un corazón el que está en juego. Nos cuesta callarnos, dejar nuestra súper planificación y decir “Es verdad, me equivoqué, perdón”. Queremos retrasar y evitar ese momento.

Otra estrategia que utilizamos es decir “Sí, me equivoqué, perdón, pero tú el otro día me dijiste…”. Eso no es pedir perdón, es aplicar una nueva estrategia: la de hacer culpable al otro.

¿Y entonces?

Por más que nos cueste, necesitamos cerrar la boca un rato, respirar y decir “Dios, ayúdame, no quiero decir nada que no deba. Mis emociones me están ganando”. El siguiente paso es pedir un momento, o pedir perdón. Lo sé, el orgullo pierde, pero es preferible perder una pelea que perder a las personas que amamos.

Es preferible perder una pelea que perder a las personas que amamos.

 

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Por | 2017-06-09T14:25:49+00:00 9 junio, 2017|Vida Diaria|

About the autor:

Soy un joven al servicio de los jóvenes. Disfruto aprender y compartir con otros las lecciones que Dios me ha permitido vivir. Soy músico aficionado, fotógrafo improvisado y bloguero por gracia de Dios.