Tu paso por nuestras vidas fue una brisa suave. Fui afortunada de llevarte este tiempo en mis entrañas, sufrir contigo y por ti, pedirle a Dios por no tener que despedirme nunca. Amarte sin importarme como serías, acompañarte aún quizás sabiendo lo que me iba doler.

Ahora que ya no te siento cerca mí, ni puedo tomarte en mis brazos, volver a besarte; el dolor y el vacío de mi corazón son inmensos. Pero volvería a pasar de nuevo por todo esto, tan solo por conocerte, amarte y acunarte en mis brazos y en mi corazón como lo hice.

Fuiste una bendición para nosotros, nos diste una lección de amor, de sencillez de humildad, de lucha por la vida y de entrega impresionante. Tu paso por este mundo hizo que todo valiera la pena. El dolor que siento ahora es grande, pero el amor que te tengo es mayor. Me siento la madre más afortunada del mundo por eso.

¡Qué grande y que pequeño fuiste a la vez! Siempre estarás en nuestro corazón. Mi mayor consuelo es saber que algún día volveré a estar contigo y que esta vez será para siempre.

Dios es el único dueño de la vida y mi corazón y confianza, descansan en Él y en su perfecta voluntad.

Te amo hijo de mi alma. ¡Cuánto fruto dio tu corta vida, mi amor!

Doy gracias a Dios por pensar en mí para llevarte en mi seno.

Doy gracias porque ya eres parte de mi historia, y la de todos, los que por siempre te amaremos.

Hasta Siempre, mi pequeño gran amor.

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