Hay historias en la Biblia que pasan desapercibidas, que no son tan heroicas como las historias de David, o llenas de opulencia como la vida de Salomón; historias más cercanas a nuestra realidad o la de los que nos rodean, como el ser rechazados por otros, como fue el caso de Agar y su hijo, Ismael.

Cuenta la historia bíblica que Abraham no podía tener hijos con su esposa Sara, por lo que ella mismo le sugirió que procreara con su sirvienta, su nombre era Agar. Agar quedó embaraza. Sara esperaba que el hijo fuese adoptado como propio, pero Agar empezó a mirar con cierto desprecio a su jefa por ser estéril. Una historia complicada, difícil, pero tan actual.

Abram tuvo relaciones con Agar, y ella concibió un hijo.
Al darse cuenta Agar de que estaba embarazada, comenzó a mirar con desprecio a su dueña.
Entonces Saray le dijo a Abram:

―¡Tú tienes la culpa de mi afrenta! Yo puse a mi esclava en tus brazos, y ahora que se ve embarazada me mira con desprecio. ¡Que el Señor juzgue entre tú y yo!

―Tu esclava está en tus manos —contestó Abram—; haz con ella lo que bien te parezca.

Y de tal manera comenzó Saray a maltratar a Agar, que esta huyó al desierto.

Génesis 16:4-6 (Versión NVI)

¿Te parece nuevo que alguien aproveche su posición de poder para lastimar a otros?

Imagínate cuan molesta era Sara con Agar para que decida dejar el lugar donde vivía con su hijo, y arriesgarse a huir al desierto. Tantas mujeres en el mundo que se identificarían con Agar, porque han vivido la presión de otros, la ira de otros, la burla de otros.

Ella regresó a casa, y años después, cuando Abraham y Sara tuvieron a Isaac, nuevamente empezaron los problemas. En esta ocasión, Agar y su hijo huyeron tan lejos, que ella se alejó de él en el desierto, para no verlo al morir.

Pero en esta historia, hay esperanza. Dios estuvo con Agar.

Agar partió y anduvo errante por el desierto de Berseba. Cuando se acabó el agua del odre, puso al niño debajo de un arbusto y fue a sentarse sola a cierta distancia,
pues pensaba: «No quiero ver morir al niño». En cuanto ella se sentó,
comenzó a llorar desconsoladamente.

Cuando Dios oyó al niño sollozar, el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo
y le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado los sollozos
del niño. Levántate y tómalo de la mano, que yo haré de él una gran nación».

Génesis 21:14-18 (Versión NVI)

A pesar de la situación, Dios cuidó de Agar y de su hijo. Aunque la gente nos ponga etiquetas como “la esclava” o “el hijo de la esclava”, Dios tiene un plan.

Dios nos dignifica, nos da un lugar como seres humanos, no como esclavosmercancía. Nuestro destino no es ser avergonzados por otros. Dios ama a quienes son rechazados, independientemente de la razón, el por qué, su nacionalidad, su condición económica.

Piensa en alguien a quien tu debes amar y aceptar, sin rechazar.

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